Perú ha registrado veintiún mil denuncias por delitos informáticos hasta mayo de 2026, según la Dirección de Investigación de Ciberdelincuencia de la Policía Nacional. Entre las modalidades más preocupantes están las estafas románticas, fraudes donde delincuentes establecen vínculos emocionales digitales para extraer dinero o datos personales. El Centro Nacional de Seguridad Digital ha emitido alertas formales ante el incremento acelerado de estos casos.

La evolución de estas estafas marca un quiebre tecnológico significativo. Mientras que las estafas sentimentales tradicionales se apoyaban en fotografías robadas o perfiles falsos con información básica, la nueva generación utiliza herramientas de inteligencia artificial para crear rostros, voces y videos con alto grado de realismo. Los ciberdelincuentes ya no necesitan suplantar a personas reales; pueden generar identidades digitales completas desde cero. Este cambio amplía exponencialmente el alcance potencial de los fraudes y reduce la capacidad de las víctimas para detectar inconsistencias.

El proceso de captación opera en fases estratégicas. Los delincuentes dedican semanas o meses manteniendo conversaciones constantes, expresiones de afecto y encuentros virtuales diseñados para parecer auténticos. Solo una vez establecido el vínculo emocional, el atacante introduce solicitudes de dinero o información sensible, utilizando pretextos que van desde emergencias médicas hasta problemas legales, dificultades para viajar u oportunidades de inversión. Esta metodología explota vulnerabilidades psicológicas documentadas en investigaciones de comportamiento del consumidor digital.

Un aspecto crítico es que la videollamada, considerada durante años como herramienta de verificación de identidad en línea, ha perdido eficacia. La tecnología deepfake permite superponer rostros y alterar voces en tiempo real, lo que significa que una llamada de video puede mostrar una cara completamente fabricada sin que la víctima lo advierta. Esto elimina una de las pocas barreras de verificación disponibles y aumenta el riesgo de engaño incluso entre personas con experiencia en entornos digitales.

Para directivos y responsables de seguridad corporativa, esta tendencia tiene implicaciones directas: empleados pueden ser objetivo de estas estafas, comprometiendo datos empresariales o credenciales de acceso. Las organizaciones deben considerar programas de conciencia sobre fraude digital que aborden específicamente la manipulación emocional y la verificación de identidad en contextos de comunicación remota. La inversión en educación sobre señales de alerta y protocolos de verificación se convierte en componente esencial de la estrategia de ciberseguridad corporativa.