Siete de cada diez peruanos enfrentaron al menos un intento de fraude en el último año, según un estudio reciente sobre comportamiento digital y seguridad. Sin embargo, solo el 4% de las víctimas identificó a la inteligencia artificial como parte del mecanismo de engaño, lo que revela una brecha significativa entre la percepción del riesgo tecnológico y las amenazas que realmente dominan el panorama: enlaces falsos, llamadas fraudulentas y suplantación de identidad por canales convencionales.

Esta disonancia tiene implicaciones concretas para las organizaciones. El 92% de los encuestados declara preocupación por el uso de IA en fraudes, mientras que el 48% admite no confiar en su capacidad para detectar contenido manipulado. Cuando la percepción de amenaza supera ampliamente a la comprensión real del fenómeno, las decisiones de inversión en ciberseguridad y los protocolos internos de verificación tienden a desalinearse con los vectores de ataque más frecuentes.

De la alarma a la capacidad de respuesta

El dato más estratégico del estudio no es el nivel de fraude, sino la disposición a actuar: el 88% de la población encuestada quiere aprender a identificar engaños digitales. Esa demanda de alfabetización representa una ventana de oportunidad para las empresas que gestionan datos sensibles de clientes o empleados. Desarrollar programas internos de verificación —que vayan más allá de la apariencia de una interacción y evalúen el canal, la identidad del solicitante y la legitimidad de la solicitud— reduce la superficie de exposición sin depender exclusivamente de soluciones tecnológicas.

Paralelamente, el 57% de los encuestados acepta que herramientas de IA analicen información para detectar fraudes. Esta apertura señala que la misma tecnología asociada al riesgo puede convertirse en capa de defensa, siempre que se implemente con datos de calidad, marcos de identidad robustos y analítica de comportamiento.

El siguiente umbral: agentes de IA con capacidad de acción

La evolución más exigente aún está por llegar. La próxima generación de sistemas de inteligencia artificial incluirá agentes capaces de interactuar con organizaciones y ejecutar acciones en nombre de personas o entidades. Ese escenario exige protocolos de verificación de doble capa: no solo autenticar quién se presenta, sino validar que el agente que actúa tiene autorización explícita para hacerlo.

Las organizaciones que comiencen hoy a construir infraestructura de identidad, analítica de riesgo e inteligencia artificial integrada estarán mejor posicionadas para operar en ese entorno. La prevención no dependerá de una desconfianza generalizada hacia lo digital, sino de la capacidad institucional para distinguir lo auténtico de lo falsificado en tiempo real.