Dos diseñadores con trayectoria propia en el circuito europeo asumieron la dirección creativa de una de las casas de moda más reconocidas por su carga conceptual y su uso del humor como herramienta estética. Su debut no fue una colección convencional: fue una declaración sobre cómo una marca puede reinventarse sin traicionar su ADN.
Un desfile que rompió el formato
El espectáculo inaugural se realizó en la azotea del Domo Unipol y planteó una premisa visual poco ortodoxa: una multitud de personas con estilos cotidianos —algunos al teléfono, otros paseando perros, varios con ropa de calle— compartía la pasarela con los modelos de la colección. El contraste entre lo ordinario y lo extraordinario no fue accidental; fue el argumento central de la propuesta.
Esta tensión entre lo mundano y lo espectacular conecta directamente con la filosofía que Franco Moschino estableció al fundar la casa en 1983: el trompe l'oeil, la sátira visual y la crítica al sistema de la moda desde adentro. Los nuevos directores creativos declararon que han estudiado.



