Con el 62% del volumen y el 54.6% del valor de los vinos italianos comercializados en México concentrados en una sola marca, el mercado del Lambrusco enfrenta un desafío estructural: ampliar su base de consumidores más allá de los segmentos de mayor edad, donde ya domina con claridad.
Datos de IDI Distribuciones —empresa responsable de la comercialización en el país— muestran que los hogares encabezados por integrantes de la generación X y millennials destinan aproximadamente 15,550 millones de pesos anuales al consumo de bebidas alcohólicas en casa, frente a 1,489 millones de los hogares liderados por centennials adultos. La brecha de más de diez veces responde en parte al peso demográfico de cada generación y no contempla el consumo fuera del hogar, pero ilustra el margen de expansión que representa capturar a los consumidores más jóvenes antes de que consoliden sus preferencias de marca.
Perfil de producto como ventaja de posicionamiento
La estrategia no parte de investigación primaria con grupos de consumidores jóvenes, sino de una lectura de tendencias de mercado aplicada a atributos ya existentes del producto. Estudios de tendencias identifican en los adultos jóvenes una mayor afinidad por bebidas saborizadas, opciones listas para beber (RTD) y productos con menor graduación alcohólica. El Lambrusco, con su perfil dulce y un contenido de alcohol del 8%, cumple de forma natural con dos de esos criterios sin necesidad de reformulación.
Esta lectura tiene implicaciones directas para la estrategia de portafolio: el lanzamiento de una versión sin alcohol apunta tanto a consumidores que han reducido su ingesta como a jóvenes adultos que alternan entre bebidas tradicionales y opciones moderadas, ampliando las ocasiones de consumo sin canibalizar el producto principal.
Comunicación multigeneracional y alcance digital
Para ejecutar el reposicionamiento, la marca seleccionó tres embajadores —Isabel Lascuráin, Wattsopa y Andy Badillo— con una audiencia combinada de 9.7 millones de seguidores. La mezcla de perfiles busca cubrir simultáneamente referencias culturales que resuenan con la generación X, como comidas y reuniones familiares, y formatos digitales orientados a millennials y centennials adultos.
Sin embargo, la campaña aún no cuenta con métricas públicas de impacto en ventas, recompra o captación de nuevos consumidores, y la empresa no ha revelado el presupuesto asignado ni metas de participación de mercado. Esto sitúa la iniciativa en una fase de construcción de marca cuyo retorno real permanece por verificarse.
El caso ilustra una tensión frecuente en categorías maduras: la necesidad de rejuvenecer la base de consumidores sin alienar al segmento que sostiene el volumen actual. La apuesta por atributos intrínsecos del producto —dulzor, bajo alcohol— como puente entre generaciones es una lectura de bajo riesgo de reformulación, pero su efectividad dependerá de la consistencia y escala de la inversión en comunicación a mediano plazo.



