Dieciocho looks componen una propuesta de temporada que toma como eje creativo la estética de principios de los 2000 —con referencias al trabajo de Tom Ford en Gucci y el ambiente de Studio 54— para construir un diálogo entre la sofisticación y la cultura pop que busca sentirse contemporáneo sin perder anclaje histórico.

La colección, titulada "Supernova", combina chaquetas bomber con corsés, minifaldas con bolsillos de carga y faldas maxi de satén, articulando una paleta que transita entre tonos pastel, aqua, rosa y contrastes nítidos en blanco y negro. El uso de cuero y pelaje tibetano reciclado introduce una dimensión de responsabilidad material que se integra como decisión de diseño, no como concesión. El director creativo señala que "la tecnología atraviesa toda la colección, convirtiéndose en parte de la ropa de una manera funcional y relevante para la vida cotidiana".

Siluetas más limpias, mayor amplitud de propuesta

Uno de los movimientos más notorios respecto a colecciones anteriores es la incorporación de siluetas que no habían tenido protagonismo en la marca: faldas lápiz, pantalones largos, chalecos y capris amplían el rango sin abandonar el espíritu maximalista que define la firma. Según el diseñador, "la variedad te da la libertad de encontrar la versión de la marca que más se parezca a ti".

Cinturones de utilidad, bolsos de cinturón y piezas deconstruidas completan una propuesta que equilibra practicidad y pulimento. Los forros transparentes —algunos extendidos más allá de la prenda— y las chaquetas con construcción abierta mantienen el tono lúdico como rasgo identitario, no como exceso decorativo.

Implicaciones para el mercado de moda premium

La integración de materiales reciclados como el pelaje tibetano en una colección de posicionamiento aspiracional refleja una tendencia consolidada en el segmento premium: la sostenibilidad deja de ser diferenciador de nicho para convertirse en expectativa de base. Las marcas que no incorporan esta lógica en su cadena de materiales enfrentan un riesgo creciente de desalineación con los criterios de compra del consumidor de lujo accesible.

Al mismo tiempo, la apuesta por siluetas más versátiles y funcionales —sin renunciar a la identidad estética— sugiere una lectura clara del mercado: el consumidor de moda con poder adquisitivo medio-alto demanda prendas que transiten entre contextos sin sacrificar carácter. Esa capacidad de adaptación sin disolución de identidad es, hoy, uno de los activos de marca más difíciles de construir y más rentables de sostener.