Integrar espacios físicos, interacciones humanas y herramientas digitales en una experiencia cohesiva es el núcleo de las estrategias phygital, un enfoque que gana urgencia a medida que las fronteras entre tiendas, aplicaciones y atención al cliente se vuelven cada vez más difusas.

Un análisis reciente —publicado por el investigador Luca Corinaldesi en una revista académica especializada— examina la literatura existente sobre experiencias phygital y llega a una conclusión que reencuadra el debate: la tecnología solo genera valor cuando responde a una necesidad concreta del consumidor. Cuando se incorpora sin esa lógica, introduce obstáculos que deterioran la experiencia en lugar de enriquecerla.

La tensión entre inmersión y practicidad

El término 'phygital' —contracción de physical y digital— suele reducirse en la práctica a la incorporación de tecnología en entornos físicos. Esa lectura es insuficiente. Una experiencia phygital efectiva requiere que los puntos de contacto físicos y digitales operen de forma coherente y conectada: espejos digitales, realidad aumentada, pagos móviles y recomendaciones personalizadas deben funcionar como un sistema omnicanal unificado, no como capas tecnológicas superpuestas.

La investigación identifica una tensión central: una experiencia tecnológicamente avanzada puede resultar atractiva y al mismo tiempo dificultar tareas simples. Un consumidor que prueba un producto mediante realidad aumentada, recibe sugerencias en su dispositivo y completa el pago sin pasar por caja puede vivir una interacción fluida —o enfrentarse a una secuencia de pasos que fragmenta su atención y alarga el proceso.

El contexto determina cuál de los dos escenarios prevalece. En el sector turístico, la realidad aumentada puede enriquecer visitas y añadir capas de información sin interrumpir el recorrido. En el retail, donde el objetivo es la conversión, la misma tecnología puede convertirse en una barrera si no está alineada con la intención de compra.

La pregunta que reencuadra el diseño de experiencias

Corinaldesi propone un cambio de perspectiva para quienes diseñan estas estrategias: la pregunta relevante no es cuánta tecnología puede incorporar una marca, sino qué función desempeña esa tecnología dentro del recorrido del consumidor.

Esta distinción es operativamente crítica. Un sistema de pago móvil resuelve un problema —reduce fricciones en el proceso de compra— y su éxito se mide en eficiencia. Una experiencia inmersiva busca generar entretenimiento o conexión emocional, y su valor es difuso si se evalúa con los mismos parámetros. El problema surge cuando una tecnología diseñada para sorprender termina complicando el logro del objetivo principal del consumidor.

Ocho principios para experiencias phygital efectivas

La investigación propone ocho principios para el diseño de experiencias phygital que generen valor real. Estos incluyen la integración coherente de puntos de contacto físicos y digitales, personalización basada en datos del comportamiento del consumidor, preservación de la interacción humana en momentos clave del recorrido, y estimulación sensorial calibrada según el contexto.

El hilo conductor de estos principios es consistente: la tecnología debe estar al servicio de la experiencia, no al revés. Las organizaciones que invierten en infraestructura phygital sin esta lógica corren el riesgo de construir ecosistemas costosos que generan fricción en lugar de lealtad. Las que parten de las necesidades del consumidor para seleccionar y conectar sus herramientas tienen mayor probabilidad de traducir esa inversión en resultados medibles.