Treinta y dos por ciento de los jóvenes entre 18 y 30 años prioriza opciones sin azúcar al elegir snacks dulces, mientras que un 23% ignora por completo las etiquetas nutricionales. Esta coexistencia de perfiles opuestos dentro de un mismo segmento generacional define el principal reto estratégico para las marcas de alimentos en la actualidad: no existe una sola Generación Z, sino al menos cuatro actitudes diferenciadas ante el consumo de productos dulces.
Así lo revela un estudio aplicado a 450 personas de entre 18 y 30 años, que identifica cuatro grupos con comportamientos distintos. El primero —y más numeroso, con 32%— busca activamente productos sin azúcar como criterio habitual. Un segundo grupo, que representa el 26%, adopta un enfoque híbrido: combina opciones funcionales con momentos de indulgencia. El tercer perfil, con 23%, no considera las etiquetas nutricionales en su decisión de compra. Y un cuarto grupo, el 15%, rechaza los edulcorantes artificiales y prefiere las versiones tradicionales cuando decide darse un gusto. Esta segmentación obliga a replantear estrategias de portafolio, comunicación y posicionamiento que históricamente han operado bajo supuestos de audiencia homogénea.
Frecuencia de consumo y contextos de uso
Contrario a la percepción de que los snacks dulces se reservan para ocasiones especiales, el 72% de los encuestados los consume al menos una vez por semana, y un 8% lo hace a diario. La merienda concentra el 42% de las ocasiones de consumo, seguida por actividades individuales frente a pantallas —series, videojuegos— con un 18%. Este patrón convierte a los snacks dulces en un componente de la rutina de descanso, no de la celebración, lo que tiene implicaciones directas en cómo y dónde deben estar disponibles los productos.
En términos de canal, la mayoría de las compras ocurre en cadenas de supermercados generalistas. El chocolate y las galletas lideran las preferencias con 56% y 55% respectivamente, por encima de bollería, golosinas y barritas. Además, el 62% de los jóvenes afirma comprar personalmente los snacks que consume, lo que los posiciona como decisores de compra directos —no intermediados por el hogar familiar— con capacidad real de influir en la rotación de categoría.
Reconocimiento de marca versus relevancia cotidiana
El análisis de percepción de marcas introduce una distinción que merece atención: notoriedad y presencia en la rutina no son equivalentes. Kinder lidera el reconocimiento con 14% de identificación, seguida de cerca por Oreo con 10.6%. Ambas obtienen puntuaciones de autenticidad similares —3.66 y 3.69 respectivamente— lo que sugiere que su posicionamiento emocional es consistente con su visibilidad.
Sin embargo, Hacendado —marca de distribuidor con menor notoriedad espontánea— muestra un impacto significativo en los hábitos de compra diaria, evidenciando que la frecuencia de elección no depende exclusivamente del reconocimiento de marca. Para quienes gestionan estrategias de categoría, este dato plantea una pregunta concreta: ¿cuánto del presupuesto de construcción de marca está generando conversión real versus solo recordación?
El mercado de snacks dulces dirigido a jóvenes adultos no se puede abordar con una propuesta única. La fragmentación de actitudes ante el azúcar, combinada con patrones de compra autónomos y contextos de consumo cotidianos, exige portafolios más granulares y mensajes diferenciados por perfil. Las marcas que logren operar con esa precisión tendrán una ventaja estructural en un segmento que, aunque diverso, consume con alta frecuencia y decide por cuenta propia.




