Cuando una franquicia de animación alcanza reconocimiento global, su valor comercial puede convertirse simultáneamente en un activo y en un obstáculo. Eso es precisamente lo que ocurre con la decisión de los organizadores de los Juegos Olímpicos de Brisbane 2032 de descartar a Bluey como mascota oficial, a pesar de que el personaje nació en esa misma ciudad. La razón central no es cultural ni estética: es de propiedad intelectual y control de ingresos.
Bluey es gestionada comercialmente por BBC Studios, lo que significa que cualquier integración del personaje en el ecosistema olímpico requeriría acuerdos de licencia con un tercero. Para los organizadores, eso implica ceder una parte significativa de los ingresos por merchandising —juguetes, ropa, artículos coleccionables— a una franquicia externa, además de operar bajo las condiciones que el titular de los derechos imponga. En eventos de esta escala, donde el licenciamiento de la mascota puede generar cientos de millones de dólares, esa dependencia representa un riesgo estructural.
El modelo de mascota propia como estrategia de monetización
Desarrollar un personaje original resuelve varios problemas al mismo tiempo. Primero, otorga a los organizadores la propiedad total de la marca, lo que permite negociar directamente con fabricantes y distribuidores sin intermediarios. Segundo, elimina el riesgo de que la identidad visual del evento quede subordinada a una franquicia preexistente con su propia narrativa, base de fans y agenda comercial. Tercero, abre la posibilidad de extender el valor de la mascota más allá de los Juegos, convirtiéndola en un activo de largo plazo para la ciudad o el comité organizador.
Esta lógica no es nueva. Los Juegos Olímpicos han construido históricamente mascotas originales —desde Misha en Moscú 1980 hasta Miraitowa en Tokio 2020— precisamente porque el control total sobre la propiedad intelectual es condición necesaria para maximizar el retorno comercial del evento.
La paradoja del reconocimiento de marca
El caso de Bluey ilustra una paradoja frecuente en estrategia de marca: el activo más valioso de una franquicia —su reconocimiento global— puede ser exactamente lo que la hace inviable para ciertos contextos. Una mascota con identidad propia consolidada no se subordina fácilmente a otro evento; compite con él por atención y significado.
La serie, creada por Joe Brumm y estrenada en Australia en 2018, pasó de ser una producción local a convertirse en una de las franquicias de animación infantil con mayor penetración internacional de los últimos años. Ese éxito está sostenido por una estructura de licenciamiento compleja y altamente valorada, lo que hace aún más difícil —y costoso— integrarla en un evento con sus propios objetivos comerciales.
Para cualquier organización que gestione eventos de gran escala, la decisión de Brisbane 2032 ofrece un principio aplicable: el reconocimiento de marca de un tercero no sustituye el valor estratégico de controlar la propia identidad. Cuando los ingresos por licenciamiento son parte central del modelo financiero, depender de una franquicia externa es una variable de riesgo, no una ventaja.




