Donde el área de Comunicación participa activamente en el liderazgo de la inteligencia artificial, el máximo responsable ejecutivo asume el control en el 55% de los casos. Cuando esa participación está ausente, la responsabilidad migra hacia los departamentos de Tecnología e Innovación —y en casi una de cada cuatro organizaciones, la ambigüedad sobre quién lidera se convierte en un obstáculo operativo. Así lo revela un informe reciente sobre el impacto de la IA en la comunicación y los asuntos corporativos.
Este dato no establece causalidad, pero sí refuerza una hipótesis de fondo: el director de comunicación debería ser uno de los perfiles más preparados para comprender y aplicar la IA dentro de la organización. Por definición, su función implica interpretar cómo las decisiones empresariales afectan la percepción, la confianza y las expectativas de los grupos de interés. Sin embargo, en muchas organizaciones ese potencial estratégico ha quedado relegado a funciones operativas —producción de contenidos, gestión de eventos— con escasa participación en la formulación de decisiones de alto impacto.
De la gestión de mensajes a la inteligencia estratégica
La IA generativa abre una ventana de reposicionamiento para este perfil. La tecnología permite ampliar la capacidad de análisis de audiencias, identificar tendencias emergentes con mayor precisión y anticipar riesgos reputacionales antes de que escalen. En ese escenario, el director de comunicación deja de ser un gestor de narrativas para convertirse en un asesor con capacidad de influir en la toma de decisiones a nivel de dirección.
Esta función de orientación debe extenderse también al proceso interno de adopción de la IA. No se trata de que Comunicación desplace a Tecnología, Legal o Innovación en el liderazgo, sino de que comparta ese rol aportando una perspectiva diferenciada: cultura corporativa, confianza institucional y reputación de largo plazo.
Reputación corporativa en la era de los agentes de IA
La transformación más profunda ocurre en las reglas que rigen la reputación. Las percepciones sobre una organización se construyen a través de múltiples actores y canales a lo largo del tiempo. Ahora se suman sistemas de IA que seleccionan, interpretan y sintetizan información sobre las empresas de forma autónoma. Y el siguiente paso ya está en marcha: agentes capaces de buscar información, comparar alternativas, negociar condiciones o ejecutar compras en nombre de personas y organizaciones.
Esto implica que construir notoriedad y preferencia ya no es suficiente. Las organizaciones deben asegurarse de generar información fiable, verificable y actualizada que sea legible e interpretable por máquinas. Una reputación sólida ante audiencias humanas no garantiza visibilidad ni credibilidad ante sistemas automatizados de decisión.
Para el director de comunicación, esto se traduce en una necesidad concreta: familiarizarse con la tecnología, experimentar con sus capacidades y comprender sus implicaciones operativas y reputacionales. El dato más preocupante del informe es que, en una muestra de 230 profesionales encuestados, solo una fracción reducida se siente preparada para asumir ese desafío. La brecha entre la relevancia estratégica del rol y el nivel de preparación real es, en sí misma, un riesgo organizacional.




