Detrás de cada algoritmo digital existe un propósito doble y bien definido: recopilar la mayor cantidad de información posible sobre las necesidades y deseos de las personas, y motivarlas a satisfacerlos a través de los productos o contenidos que esas mismas plataformas promueven. Este mecanismo abarca desde deseos materiales hasta intelectuales, políticos y espirituales, cada uno con su correspondiente oferta.

Sin embargo, atribuir esta dinámica exclusivamente a la era tecnológica sería un error de perspectiva histórica. La inducción de deseos es un comportamiento intrínsecamente humano. A lo largo de los siglos, individuos e instituciones han operado bajo una lógica similar: identificar necesidades, ofrecer respuestas y establecer los límites de lo que se considera aceptable desear. La pedagogía de María Montessori, por ejemplo, parte precisamente de reconocer el potencial ilimitado con el que nacen los niños y cómo los adultos lo canalizan —y frecuentemente lo restringen— desde su propia perspectiva, que suele ser más acotada.

El algoritmo como metáfora de crianza y liderazgo

En la relación entre adultos y niños opera una lógica funcionalmente equivalente a la de un algoritmo. Ante la necesidad de atender requerimientos intelectuales, emocionales y espirituales, los padres intentan identificarlos y satisfacerlos con los recursos disponibles. Cuando esos recursos son limitados, el siguiente paso suele ser convencer al hijo de que lo ofrecido es lo mejor o lo único posible, advirtiendo sobre las consecuencias de no conformarse. Aunque no existen fórmulas universales para la crianza, el proceso tiene un alto grado de programación previa: biológica, social y cultural.

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