Acelerar carga útil hasta Mach 8 desde tierra firme, sin cohetes y con costos por lanzamiento que podrían situarse entre 250,000 y 500,000 dólares por intento: esa es la apuesta de una startup californiana que está reviviendo una tecnología de propulsión desarrollada durante la Segunda Guerra Mundial para competir en el mercado de lanzamientos espaciales.
La física de los cohetes convencionales impone una restricción estructural difícil de eludir: solo una fracción mínima del peso total del vehículo logra alcanzar la órbita, mientras el resto se consume en propelente y estructuras desechables. Frente a esa ecuación, la propuesta consiste en trasladar el trabajo de la primera etapa —la más costosa y compleja— a un acelerador reutilizable ubicado en tierra: un tubo de acero horizontal equipado con tanques de gas a alta presión distribuidos a lo largo de su longitud, que se activan en secuencia precisa para incrementar progresivamente la velocidad del proyectil. El diseño se conoce como cañón de multi-inyección.
De la teoría al banco de pruebas
Actualmente, la empresa opera un cañón de 70 pies de longitud y seis pulgadas de diámetro en un sitio de pruebas cerca de Barstow, California, donde ha logrado acelerar proyectiles a velocidades cercanas a las hipersónicas. La siguiente fase contempla pruebas con un cañón de 140 pies de largo y 30 pulgadas de diámetro en Alameda. La hoja de ruta a largo plazo apunta a un sistema de 3,000 pies de longitud capaz de lanzar cargas útiles de 220 libras a Mach 8, lo que lo convertiría en el mayor cañón del mundo.
La empresa ha asegurado aproximadamente 20 millones de dólares en financiamiento de capital de riesgo para sostener este desarrollo. Parte de los ingresos operativos provienen de contratos con el ejército estadounidense para pruebas hipersónicas: una aplicación inmediata que valida la tecnología y reduce la dependencia del capital externo mientras se alcanza la escala orbital.
Implicaciones para la industria aeroespacial y de defensa
Los proyectiles están diseñados como cuerpos de elevación —perfiles aerodinámicos que generan sustentación— lo que les permite ganar altitud de forma autónoma una vez fuera del cañón, eliminando la necesidad de un ángulo de disparo elevado y ampliando las opciones de emplazamiento. Esa característica también los hace relevantes para aplicaciones de defensa: simular trayectorias de misiles hipersónicos para entrenar sistemas de interceptación tiene un costo de decenas de millones de dólares por intento con tecnología convencional; este enfoque podría reducirlo en uno o dos órdenes de magnitud.
Para organizaciones que gestionan cadenas de suministro satelital, infraestructura de observación terrestre o cargas científicas de bajo peso, la viabilidad de un sistema de lanzamiento terrestre reutilizable y de alta cadencia representa una variable estratégica que merece seguimiento. El modelo no compite directamente con vehículos pesados como los utilizados para constelaciones de satélites de gran tamaño, pero sí abre una ventana para microsatélites, sensores y cargas de reposición frecuente donde la velocidad de acceso y el costo por kilogramo son determinantes.




