Frente a la resistencia creciente que enfrentan en comunidades de todo el mundo —por su alto consumo energético, su impacto en el suministro hídrico y su expansión acelerada—, los operadores de centros de datos han comenzado a desplazar parte de su estrategia de relaciones públicas hacia un terreno poco convencional: las aulas escolares.
La organización sin fines de lucro 7x24 Exchange International lanzó un cuento infantil titulado ¿Qué es un Centro de Datos?, protagonizado por un tejón melero llamado Honey que recibe un recorrido guiado por estas instalaciones. A través del personaje, el libro explica que la misión de quienes trabajan en estos centros es garantizar la disponibilidad continua de los servicios digitales, las 24 horas del día. El tono es deliberadamente accesible y cercano, diseñado para normalizar una infraestructura que, para la mayoría de la población, permanece invisible.
Una estrategia con antecedentes industriales documentados
Esta táctica no es nueva. Alex Molnar, profesor investigador en la Universidad de Colorado Boulder y director del Centro Nacional de Política Educativa, señala que durante más de un siglo diversas industrias con problemas de imagen —comida rápida, tabaco, petróleo— han llevado sus mensajes a los centros educativos. Según Molnar, el objetivo no siempre es vender un producto: en muchos casos, se trata de construir una narrativa favorable antes de que las audiencias desarrollen criterios críticos propios.
En mayo, el capítulo Potomac de AFCOM —Asociación para la Gestión de Operaciones Informáticas— patrocinó la distribución de kits para elaborar banderas con motivo del Día de los Caídos en 37 escuelas del Condado de Loudoun, Virginia, conocido como el "Pasillo de los Centros de Datos" por concentrar la mayor densidad de esta infraestructura en el mundo. Los 3,100 alumnos de primer grado que recibieron los kits también obtuvieron tarjetas informativas con estadísticas sobre el impacto económico positivo de la industria en la región.
El contexto estratégico detrás del gesto educativo
Loudoun County no es un escenario neutral. Es precisamente en ese tipo de comunidades —donde la expansión de centros de datos genera debates sobre el uso del suelo, el consumo eléctrico y la calidad de vida— donde la industria enfrenta mayor presión regulatoria y social. Llevar materiales educativos a las escuelas locales funciona como una forma de anclar la narrativa corporativa en el tejido comunitario desde edades tempranas.
Para las organizaciones que gestionan o dependen de esta infraestructura, la tendencia plantea una pregunta estratégica relevante: en un entorno donde la licencia social para operar se vuelve tan determinante como la licencia regulatoria, ¿qué tan sostenible es una estrategia de aceptación pública que comienza en el primer grado? La respuesta, al menos por ahora, parece estar tomando forma en las mochilas escolares.




