Dos de los tres únicos microordenadores Q1 que se conocen en el mundo fueron descubiertos durante el vaciamiento rutinario de una vivienda en Londres. El hallazgo, realizado por una empresa de limpieza, sacó a la luz máquinas fabricadas en 1972 que se consideran entre los primeros ordenadores de escritorio totalmente integrados de la historia, con cuatro años de anticipación al lanzamiento del Apple-1.

Los trabajadores no identificaron de inmediato el valor de los dispositivos y fue necesaria la intervención de un especialista para confirmar su autenticidad. Se trataba de dos modelos distintos de la familia Q1: el original de diciembre de 1972, que incorporaba teclado, pantalla e impresora en un solo chasis, y una variante posterior denominada Q1 Lite, que operaba con impresora externa. Ambas unidades, junto con la impresora auxiliar, fueron localizadas entre los objetos acumulados en la propiedad.

Arquitectura técnica que definió una era

El Q1 operaba sobre un procesador Intel 8008, uno de los primeros microprocesadores de 8 bits disponibles comercialmente. Su pantalla de una sola línea con capacidad para 80 caracteres permitía procesamiento de texto, entrada de datos y comunicación con sistemas de almacenamiento externos, funciones que hoy se consideran básicas pero que en ese momento representaban una integración sin precedentes en un solo equipo.

La escasez de unidades supervivientes —solo tres en todo el mundo— subraya la magnitud del descubrimiento. Antes de ser subastados, los equipos fueron exhibidos en Kingston University de Londres en una muestra dedicada a las primeras computadoras y máquinas de videojuegos, contextualizando su lugar en la genealogía del hardware moderno.

Valor histórico y de mercado

El precio de adjudicación en subasta alcanzó las 37,179 libras esterlinas por unidad, cifra que refleja tanto la rareza del objeto como su relevancia documental para la industria tecnológica. En términos actuales, cada unidad habría costado el equivalente a más de 70,000 libras esterlinas —cerca de 90,000 dólares—, lo que en su momento lo situaba exclusivamente en entornos profesionales y empresariales, lejos del consumo doméstico.

El caso ilustra cómo artefactos de alto valor histórico y económico pueden permanecer fuera del circuito de coleccionistas y museos durante décadas, y pone de relieve la importancia de los procesos de catalogación patrimonial en el ámbito de la tecnología temprana.