Sostener la preferencia en categorías de consumo frecuente exige algo más que presencia en anaquel. Con cada hogar mexicano tomando alrededor de 487 decisiones de marca al año, la competencia por la elección del consumidor se libra en un terreno donde la historia acumulada no garantiza permanencia.
Algunas marcas con más de siete décadas en el mercado están pivotando hacia estrategias de comunicación que priorizan la dimensión emocional sobre los atributos funcionales del producto. La lógica es clara: en segmentos donde el precio y la disponibilidad son variables fácilmente replicables por la competencia, la familiaridad afectiva puede convertirse en un diferenciador más difícil de erosionar.
De los atributos del producto al territorio de la identidad
Una de las apuestas más recientes en esta dirección sitúa los debates culinarios cotidianos —como la quesadilla con o sin queso, salsa verde versus roja, o piña en la pizza— como punto de encuentro entre generaciones. Este tipo de concepto construye una narrativa de preferencia anclada en la trayectoria y el reconocimiento acumulado, sin depender de mensajes centrados en características del producto.
Los primeros materiales de comunicación de esta estrategia presentan mesas donde conviven familias y amigos con gustos y estilos distintos, con referencias a la cultura popular mexicana como guiño generacional. El tono humorístico permite que la marca se integre en escenas reconocibles, ampliando su relevancia más allá del segmento que ya la consume.
El dato que redefine la construcción de portafolios
Este tipo de estrategia encuentra respaldo en datos recientes sobre comportamiento del consumidor. Un análisis reveló que seis de cada diez integrantes de la generación Z y los millennials sienten conexión con personas que utilizan las mismas marcas. Ese hallazgo tiene implicaciones directas para la construcción de portafolios: las elecciones de consumo adquieren un significado social que trasciende la funcionalidad del producto.
Esto plantea una pregunta estratégica concreta para las áreas de marketing: ¿hasta qué punto una narrativa emocional puede sostener la preferencia cuando los hábitos, las referencias culturales y los canales de consumo de información varían radicalmente entre generaciones? La respuesta no es universal, pero el caso ilustra una tendencia creciente en consumo masivo: migrar del mensaje de producto hacia el territorio de la identidad y la convivencia compartida.
Reconocimiento versus relevancia activa
El verdadero desafío para marcas con décadas de historia no es el reconocimiento —ese suele estar consolidado— sino la relevancia activa. Ser conocida no equivale a ser elegida. En mercados fragmentados por generaciones con hábitos de compra distintos y acceso a una oferta cada vez más amplia, las marcas que logran insertarse en conversaciones culturales genuinas tienen una ventaja estructural sobre aquellas que comunican únicamente desde el producto.
Convertir la mesa mexicana en un escenario de convivencia de marca responde precisamente a esa necesidad: construir asociaciones que operen por encima del precio y la disponibilidad, y que sean lo suficientemente flexibles para resonar tanto con consumidores de larga data como con nuevas generaciones que aún están definiendo sus lealtades.


