Casi 60 mil millones de dólares fluyeron hacia el sector de salud femenina entre 2020 y 2025, canalizados a través de capital privado, capital de riesgo y fusiones corporativas. Sin embargo, esa cifra no ha logrado cerrar una brecha más difícil de medir: la experiencia real de las mujeres dentro del sistema de atención médica.
Según el informe Still Waiting, elaborado con base en encuestas a mil mujeres estadounidenses de entre 18 y 44 años, el 73% afirma haber sentido que su género fue un factor de desestimación durante consultas médicas. El estudio documenta una desconexión estructural entre el entusiasmo financiero del sector y la calidad de atención percibida por las propias pacientes.
La brecha entre inversión y percepción
El hallazgo central del informe es que la atención que recibe la salud femenina en salas de juntas y rondas de inversión no se replica en los consultorios. Las mujeres reportan que sus síntomas son minimizados, sus diagnósticos se retrasan y sus preocupaciones no son tomadas en serio con la misma frecuencia que las de sus pares masculinos.
Esta desconexión representa un riesgo estratégico concreto para las marcas del sector salud: invertir en productos o servicios dirigidos a mujeres sin resolver primero los problemas de confianza y credibilidad equivale a construir sobre una base inestable. El mercado existe, pero la disposición a confiar en nuevas marcas está condicionada por experiencias previas de desatención.
Implicaciones para las estrategias de marketing en salud
Para las organizaciones que operan en México y América Latina, el contexto es igualmente relevante. La dinámica de desestimación documentada en el mercado estadounidense no es exclusiva de ese sistema de salud; refleja patrones culturales e institucionales que atraviesan la región.
Las marcas que buscan posicionarse en salud femenina enfrentan un imperativo claro: el mensaje de marketing debe estar respaldado por una experiencia de atención que lo sostenga. La coherencia entre lo que se comunica y lo que la paciente vive en cada punto de contacto —digital, clínico o de servicio al cliente— determina si la inversión en comunicación genera retorno o simplemente amplifica la desconfianza existente.
Desarrollar estrategias que partan de la escucha activa, incorporen perspectivas de género en el diseño de productos y servicios, y midan la satisfacción real de las usuarias —no solo métricas de alcance— es el diferenciador que separa a las marcas con posicionamiento sostenible de las que capitalizan una tendencia sin transformar la experiencia de fondo.




